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El corso berberisco desde el siglo XVI hasta el XIX

En los tres siglos posteriores a la conquista y capitulación de 1488 divisar “moros en la costa” se convirtió en una peligrosa constante. El complicado panorama demográfico que trajeron consigo estos procesos, con una población mayoritariamente morisca tras la conversión de los mudéjares en 1501 y una minoría de cristianos viejos que reunían todos los privilegios, así como la conflictividad social derivada de las medidas restrictivas contra esa mayoría de raíz musulmana que desembocó en la rebelión de 1568, generaron un enrarecido ambiente de recelo que mermó la convivencia. A todo ello habría que sumar la hostilidad que, desde antes incluso del dominio cristiano sobre el Reino de Granada, demostraron las potencias musulmanas del norte de África y del oriente mediterráneo, cuyos mandatarios habían concedido patentes de corso para atentar contra los intereses hispanos, corsarios que siempre contaron con el apoyo y la colaboración de una parte considerable de la población morisca sometida. Este conjunto de circunstancias, unido a la escasa defensa y protección de la costa, propició que la amenaza berberisca y turca desde el mar no cesase durante más de tres centurias, lo que condicionó la estabilidad y desarrollo de un territorio, el levantino, acosado por el miedo.
Y no era para menos. Las incursiones con final trágico para una parte de los repobladores cristianos frustraron una y otra vez los objetivos de la Corona. Ante este riesgo endémico no resultaba fácil reunir cristianos viejos procedentes de otros territorios que estuviesen dispuestos a asentarse en suelo tan amenazado. Distribuidos por este dilatado intervalo de siglos proliferan los episodios de desembarcos y cabalgadas del corso berberisco por la Axarquía almeriense, con desigual resultado para jenízaros y cristianos
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Gracias a las crónicas de la época, conocemos muchos episodios de desembarcos y cabalgadas del corso en las costas del sureste peninsular entre los siglos XVI y XIX

Solo habría que recordar los hechos acaecidos en la primavera de 1555 y que han pasado a la historia como la “Cabalgada de los Terreros Blancos”. Allí, frente a las playas de la actual San Juan de los Terreros, una galeota corsaria que pretendía capturar a algunos cristianos viejos se vio sorprendida por las galeras reales de la Armada que realizaban su ronda periódica de vigilancia de la costa. El navío corsario embarrancó y sus tripulantes se vieron obligados a desembarcar con emergencia, quedando expuestos. Detectados por los torreros de la Amarguera, dieron aviso mediante ahumada a Vera y Cuevas, y las autoridades de uno y otro punto organizaron una persecución que se prolongó durante varias semanas hasta que todos los berberiscos fueron capturados, algunos a considerable distancia del desembarco.


En noviembre de 1573 las circunstancias fueron muy distintas. En esta ocasión, desde Mesa Roldán en Carboneras desembarcaron entre 400 y 800 berberiscos que, tras atravesar Sierra Cabrera, llegaron hasta la villa de Las Cuevas de madrugada acompañados por el estruendo de tambores. Era las hordas del afamado Caid Said ed Dhogali. Su entrada sobresaltó a una población que no había sido prevenida y a la que no le dio tiempo a refugiarse dentro de la fortaleza del Marqués de los Vélez. Lo que vino después fue el saqueo de todas las viviendas de la población, el asesinato de muchos de los habitantes de la villa y el rapto de unos 240, casi todos mujeres y niños, que integraron como cautivos el cuantioso botín. En este caso no hubo posibilidad de tocar a rebato, último paso en el procedimiento que se iniciaba cuando la amenaza corsaria era detectada desde cualquiera de las atalayas, torres o castillos costeros, como los de Amarguera y Montroy; de inmediato su guarnición preparaba una fogata –llamadas almenaras– cuyo humo, de día, y la luz emitida por el fuego, de noche, bastaba para alertar, por ejemplo, a la fortaleza de Las Cuevas, donde se concentraba la mayor parte de la población. Entonces la guardia hacía tañer la campana de la vela situada la parte más alta de la torre del homenaje, avisando así del peligro que se cernía.

Las señales también eran divisadas desde el castillo de la villa de Las Cuevas, en el que la guardia hacía sonar la campana de la vela situada en la parte más alta de la torre del homenaje, avisando así del peligro y llamando a la población a refugiarse dentro de sus murallas

Y es que la falta de prevención y la consecuente desprotección se traducía en nefastas consecuencias para los cristianos viejos que eran capturados, quienes acababan vendidos como esclavos en los mercados norteafricanos, un suculento negocio para estos berberiscos con patente de corso y los mandatarios de quienes dependían. No corrían mejor suerte los corsarios que, cuando la fortuna no les sonreía, caían en manos de las autoridades cristianas: también ellos terminaban con sus huesos en los mercados de esclavos repartidos por la geografía española.

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